Kala, Dead Time | 2007
Por Carlos Valle
Joko Anwar, reconocido crítico cinematográfico indonesio que debutó en 2005 con la comedia romántica Janji Joni, se embarca en un perfecto ejercicio de estilo para revelar las huellas del misticismo en la historia de su nación. Aunque por muchos definida como la cinta negra por excelencia de la filmoteca javanesa, Kala (su título internacional es Dead Time) aprovecha los recursos de éste y otros géneros como el thriller fantástico, para construir un filme con ritmos y estéticas encontradas.
La película narra la historia de Janus, un periodista narcolépsico que, por cuestiones evidentes, no consigue desempeñar satisfactoriamente su profesión. Sumido en el caos personal, recibe el aviso de que va a ser despedido del periódico para el que trabaja y es abandonado por su esposa por dormirse en los laureles. En una nación dividida y buscando una historia que le devuelva su estatus, se ve involucrado en una oleada de asesinatos y muertes misteriosas en las que están implicados altos cargos del gobierno. La participación de uno de los investigadores de la policía local (Eros) será vital para la resolución del caso.
El discurso se construye, casi como un juego, con distintas focalizaciones sobre los dos protagonistas antes mencionados. El cambio de foco viene marcado, usualmente, por los desvanecimientos involuntarios del reportero. Éstos constituyen, en gran parte, el mayor aliciente de la trama y son explotados con gran destreza formal a la hora de construir el guión.
Estéticamente es deslumbrante. Su fotografía bebe indudablemente del cine de los años cuarenta, aunque no resulta tan pulcra como el referente de género más cercano (La Dalia Negra de Vilmos Zsigmond). Reaviva recursos clásicos: una iluminación basada en claroscuros con fuertes contraluces, calles húmedas, farolas destelleantes a punto de fundirse y mucho humo.
Cabe frenar en seco para hablar de los efectos especiales. Una buena máxima podría ser “si no tienes nada bueno que contar, no lo hagas”. Son tan funestos que se convierten en el principal elemento distanciador del filme. Toda la atmósfera creada se desvanece cuando una cabeza sale volando, un cuerpo se parte por la mitad, o aparecen esos murciélagos de 3dStudio. Quizás aplicaciones más sutiles como un fuera de campo o un contraplano habrían sido más que suficientes, y mucho más efectivas.
La dirección ilusiona, exprime al máximo cada plano. Cámaras estáticas que convierten al espectador en un asistente más de escenas cargadas de movimientos internos que recuerdan a la comedia teatral inglesa; contoneos de grúa para dar “yuyu” y un sinfín de planos detalle con los que dar vida a determinados objetos. Algunos de estos objetos llegan a ser clave para darnos pautas entre líneas del misticismo evocado explícitamente posteriormente. Son objetos que se convierten en símbolos de su tradición (el anillo, la maleta...)
En general, el sabor de boca que queda tras dos horas de cine “diferente” en la Plaza de las Pasiegas, es que dar paso a otras miradas y formas de entender el Mundo no sólo es posible, sino que es enriquecedor y muy necesario. Más ineludible es, si cabe, entender que esta puerta que Cines del Sur abre a otras culturas, debemos mantenerla abierta nosotros en el día a día. La película comentada, relata una historia que, de haber sido rodada en España, probablemente se hubiera acercado más a discursos como el del inolvidable filme de Jesús Bonilla El Oro de Moscú. Por el contrario, nos encontramos con un thriller negro y místico que habla, indirectamente, de la sociedad que concibe y es público objetivo de la cinta. ¿Qué pensarían los javaneses si proyectáramos El Oro de Moscú delante de la catedral de Yakarta?
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